sábado, 6 de abril de 2013

El Principito - Capítulo XVII


-Eres un animal muy extraño -le dijo
finalmente-, delgado como un dedo...
El libro más inocente de la historia de la literatura cumple hoy 70 años:
El Principito, esa sencilla revelación tan necesaria para la humanidad en una época inhumana; comparable, sin reparar en dogmas, con el mandamiento pregonado por Jesucristo ante la opresión y la barbarie de los imperios. Para los niños un verdadero maestro; para los jóvenes un viaje entre cuestiones universales; para los adultos, un refugio de las tempestades.
Y qué mejor manera de celebrar su aniversario que leyéndolo. Por eso aquí va, en español y en francés, mi fragmento favorito del libro -que ya es mucho decir-: un aparte del Capítulo XVII, con hondas e inocentes reflexiones sobre la muerte:
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Al principito, una vez en la Tierra, le resultó pues muy sorprendente no ver a nadie. Temía ya haberse equivocado de planeta, cuando un anillo color de luna se movió en la arena.
-Buenas noches -dijo al azar el principito.
-Buenas noches -dijo la serpiente.
-¿Sobre qué planeta caí? -preguntó el principito.
-Sobre la Tierra, en África -respondió la serpiente.
-¡Ah!... ¿No hay pues nadie en la Tierra?
-Éste es el desierto. No hay nadie en los desiertos. La Tierra es grande -dijo la serpiente.
El principito se sentó en una piedra y levantó los ojos hacia el cielo:
-Me pregunto -dijo- si las estrellas están iluminadas para que cada uno pueda algún día encontrar la suya. Mira mi planeta. Está justo encima de nosotros... ¡pero qué lejos!
-Es hermoso -dijo la serpiente- ¿Qué vienes a hacer acá?
-Tengo dificultades con una flor -explicó el principito.
-¡Ah!- dijo la serpiente.
Y ambos se callaron.
-¿Dónde están los hombres? -prosiguió finalmente el principito- Se está un poco solo en el desierto...
-Con los hombres también se está solo -dijo la serpiente.
El principito la miró largo tiempo:
-Eres un animal muy extraño -le dijo finalmente-, delgado como un dedo...
-Pero soy más poderoso que el dedo de un rey -dijo la serpiente.
El principito sonrió:
-No eres muy poderoso... ni siquiera tienes patas... ni siquiera puedes viajar...
-Puedo llevarte más lejos que un navío -dijo la serpiente.
Se enroscó alrededor del tobillo del principito, como un brazalete de oro:
-A quien toco lo devuelvo a la tierra de donde salió -agregó. Pero tú eres puro y vienes de una estrella...
El principito no respondió nada.
-Me inspiras compasión, tan débil, en esta Tierra de granito. Puedo ayudarte algún día si echas demasiado de menos tu planeta. Puedo...
-¡Oh! comprendí perfectamente -dijo el principito- pero ¿por qué hablas siempre con enigmas?
-Yo los resuelvo todos -dijo la serpiente.
Y ambos se callaron.
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Le petit prince, une fois sur terre, fut donc bien surpris de ne voir personne. Il avait déjà peur de s'être trompé de planète, quand un anneau couleur de lune remua dans le sable.
-Bonne nuit, fit le petit prince à tout hasard.
-Bonne nuit, fit le serpent.
-Sur quelle planète suis-je tombé? demanda le petit prince.
-Sur la Terre, en Afrique, répondit le serpent.
-Ah!... Il n'y a donc personne sur la Terre?
-Ici c'est le désert. Il n'y a personne dans les déserts. La Terre est grande, dit le serpent.
Le petit prince s'assit sur une pierre et leva les yeux vers le ciel:
-Je me demande, dit-il, si les étoiles sont éclairées afin que chacun puisse un jour retrouver la sienne. Regarde ma planète. Elle est juste au-dessus de nous... Mais comme elle est loin!
-Elle est belle, dit le serpent. Que viens-tu faire ici?
-J'ai des difficultés avec une fleur, dit le petit prince.
-Ah! fit le serpent.
Et ils se turent.
-Où sont les hommes? reprit enfin le petit prince. On est un peu seul dans le désert...
-On est seul aussi chez les hommes, dit le serpent.
Le petit prince le regarda longtemps:
-Tu es une drôle de bête, lui dit-il enfin, mince comme un doigt...
-Mais je suis plus puissant que le doigt d'un roi, dit le serpent.
Le petit prince eut un sourire:
-Tu n'es pas bien puissant... tu n'as même pas de pattes... tu ne peux même pas voyager...
-Je puis t'emporter plus loin qu'un navire, dit le serpent.
Il s'enroula autour de la cheville du petit prince, comme un bracelet d'or:
-Celui que je touche, je le rends à la terre dont il est sorti, dit-il encore. Mais tu es pur et tu viens d'une étoile...
Le petit prince ne répondit rien.
-Tu me fais pitié, toi si faible, sur cette Terre de granit. Je puis t'aider un jour si tu regrettes trop ta planète. Je puis...
-Oh! J'ai très bien compris, fit le petit prince, mais pourquoi parles-tu toujours par énigmes?
-Je les résous toutes, dit le serpent.
Et ils se turent.